La obesidad es un síndrome crónico de origen multifactorial que continúa creciendo en prevalencia tanto en Europa como en España, donde afecta a un tercio de la población adulta y avanza preocupantemente en la infancia. Su diagnóstico se realiza principalmente mediante el IMC, que además, combinado con el perímetro abdominal, ayuda a predecir el riesgo cardiovascular. La enfermedad tiene raíces tanto genéticas como ambientales, con factores clave como la alimentación hipercalórica, el sedentarismo, los desequilibrios en la microbiota y la influencia psicológica. Se ha demostrado, además, una estrecha relación entre obesidad y comorbilidades metabólicas, cardiovasculares, respiratorias, oncológicas y osteoarticulares, lo que la convierte en un problema prioritario de salud pública.
El abordaje de la obesidad debe ser integral y multidisciplinar, combinando cambios dietéticos, ejercicio físico, apoyo conductual y, en casos seleccionados, farmacoterapia o cirugía bariátrica. La prevención sigue siendo la estrategia más efectiva, con iniciativas como la Estrategia NAOS y campañas en colegios que promueven hábitos saludables desde edades tempranas. En la práctica clínica, la selección de los pacientes para cirugía requiere cumplir criterios estrictos de IMC y comorbilidades, además de estabilidad psicológica y compromiso con el seguimiento posterior. Las nuevas líneas de investigación —como la farmacoterapia avanzada con agonistas de GLP-1, el estudio del microbioma intestinal o la nutrigenómica— abren la puerta a tratamientos más personalizados. Desde el ámbito de la enfermería, se consideran diagnósticos específicos relacionados con obesidad, sobrepeso y riesgo de sobrepeso, lo que permite planificar cuidados adaptados al impacto físico, psicológico y social de esta enfermedad.
