Los trastornos de ansiedad se caracterizan por miedo y ansiedad excesivos que interfieren en la vida cotidiana. Aunque la ansiedad es una respuesta fisiológica adaptativa, se convierte en patológica cuando limita la funcionalidad, produce inseguridad y afecta las relaciones. Su prevalencia es elevada, alcanzando al 10-15 % de la población, con predominio en mujeres. Entre los trastornos incluidos destacan la ansiedad por separación, el mutismo selectivo, el trastorno de ansiedad generalizada (TAG), el trastorno de pánico y las fobias. Cada uno presenta manifestaciones clínicas específicas, pero todos comparten el impacto negativo sobre el bienestar psicológico, social y físico del individuo.
El TAG se caracteriza por una preocupación excesiva e incontrolable durante al menos seis meses, acompañada de síntomas como inquietud, insomnio, fatiga e irritabilidad. Su abordaje incluye un enfoque multimodal: terapia cognitivo-conductual como primera línea, farmacoterapia (ISRS e IRSN principalmente) en casos moderados o graves, y medidas complementarias como relajación, mindfulness o biofeedback. El trastorno de pánico implica crisis de angustia recurrentes e inesperadas que generan conductas de evitación y miedo a nuevas crisis. Por su parte, las fobias suponen temores irracionales ante objetos o situaciones concretas, siendo más comunes la agorafobia, la fobia social y las fobias específicas (como miedo a alturas, animales o suciedad).
Además, se subraya la importancia de la alimentación y hábitos de vida saludables como factores protectores frente a la ansiedad. Se recomiendan dietas ricas en frutas, verduras, omega-3, magnesio, hierro y triptófano, así como ejercicio físico regular y una adecuada higiene del sueño. La prevención y el tratamiento de los trastornos de ansiedad requieren un abordaje integral, combinando estrategias psicoterapéuticas, farmacológicas y educativas, con el fin de reducir la carga individual y social que representan.
